Hola a todos.
Sabido es que el archipiélago de Madeiras (Madeiras, Porto Santo e Islas Desiertas) forma junto con los archipiélagos de Azores, Islas Salvajes, Canarias y Cabo Verde, y una parte costera de África, lo que conocemos como Macaronesia. Los archipiélagos, más o menos cercanos a las costas africanas, tienen un origen volcánico lo que unido a que en ellos la fauna y la flora tienen similitudes notables hace que el conjunto forme un super-archipiélago digno de estudio por científicos y curiosos. La laurisilvia, cubren buena parte de los montes de Madeira, Azores y Canarias siendo un recuerdo vivo de los bosques de la era terciaria que eran comunes en la cuenca mediterránea, y que desaparecieron con las glaciaciones.
No es extraño por tanto que en nuestra visita a Madeira, a sus cumbres, nos encontrasemos como en casa. La mayor altitud de esta isla (1862 metros en el Pico Ruivo) es casi igual a la mayor de nuestra Gran Canaria que cuenta con 1949. Y las montañas, y los barrancos, y la sensación de plenitud de la Naturaleza son iguales en una y en la otra. Bien es verdad que Madeira es más verde (lo digo con envidia sana y sincera). Gran Canaria es quizás más abrupta y con más contrastes. Con más secarrales, como le gusta apuntar a un 'amigo' tinerfeño. Así que Madeira se lleva el premio por su esplendor.
Pude comprobarlo en las tres excursiones que al interior de la isla hicimos. Cerca de Porto Moniz, las montañas eran redondeadas y con una vegetación tupida y como pegada al suelo; del punto en que estuvimos parados (a la vera de una pequeñísima ermita que da cara al mar) parten diariamente grupos de expedicionarios que se atreven, caminando cuatro horas, con la ruta de las 25 fuentes (levadas das 25 fontes), para la que se aconseja ir bien calzado. En la otra cumbre que estuvimos, a 1853 metros de altitud, la vegetación es distinta. Por toda la carretera de subida nos acompañaban miles y miles (millones, posiblemente) de eucaliptos, y de otros variados árboles. Nos dicen que en tiempos, cuando la isla recibió el nombre de Madeira, fue por la gran cantidad de madera que había en la isla entre la que no faltaba la de los árboles de cedro. Esta cumbre en la que estuvimos recibe el nombre de Eira do Serrado y desde ella las vistas son inmejorables.
Las islas de la Macaronésia son sin duda primas hermanas, a cual más bonita o interesante. Ya he tenido la fortuna de conocer Madeira a la que no me importaría volver. Y ya tengo el propósito de visitar los otros archipiélagos habitados, Azores y Cabo Verde, en los que nunca he estado.
Si lo hago, ya te contaré. Mientras y como siempre, te deseo un buen día.
Por si te interesa un hotel en las cumbres de Madeira (mejor en invierno, creo) mira aquí:
http://www.eiradoserrado.com/es/index.html
El Blog de las mil cosas que uno puede hacer, pensar y sentir cuando se libera de la rutina laboral.
martes, 16 de octubre de 2012
domingo, 14 de octubre de 2012
Santa Ana en Madeira
Hola a todos.
Nos cuentan que tiempos ha, en años en que Portugal y España estaban unidas y paseaban juntas por el mundo, un grupo de gallegos pasó a vivir en Madeira en busca de mejor fortuna. Los gallegos provenían de un pequeño pueblo en el que tenían como patrona a Santa Ana, la madre de la Virgen María; y a Santa Ana siguieron invocando favores en sus nuevas tierras insulares y al nuevo pueblo dieron también su nombre. Con el tiempo (por unión de las dos palabras) la localidad pasó a llamarse Santana que así es como la conocemos hoy. Y así es como la conocimos nosotros en nuestro recorrido por la preciosa isla. Está situada Santana en la parte noreste en el lado opuesto a Funchal. Más al norte y más al este quedaría la isla de Porto Santo que conseguimos vislumbrar desde uno de los miradores que encontramos en la gira. Santana viene siendo un pueblecito rural lleno de encanto por la armonía de sus colores y de sus montañas. Pero Santana es algo más por las pintorescas casas que conserva en recuerdo de tiempos pasados. Muy posiblemente ustedes las han visto en alguna lámina o en cualquier folleto que nos invita a visitar Madeira. Son las casas pequeñas, como de enanitos del bosque, con colores vivos que resaltan el color amarillento de la paja de la cubierta. Ésta, la cubierta, es a dos aguas, bien pronunciada, y tiene la particularidad -nos dicen- de que, a pesar de estar hecha solo con paja se mantiene totalmente impermeable. Uno queda en la duda y repregunta y casi que toca el techo buscando algún material que impida que el agua inunde la pequeña habitación en épocas de lluvia. Nos insisten en que no, en que es sólo paja bien trabajada, y que no hay truco, trampa ni cartón.
Por ello los habitantes de Santana y de Madeira toda, las mantienen como un tesoro del pasado y nos la muestran a nosotros, ávidos viajeros de cosas extrañas. Las casitas hoy en día tienen diversas funciones: oficina de información turística, de muestrario de artesanía, de pequeño taller de bordado... En ellas entramos casi, casi, de uno en uno y las admiramos con ternura.
P.S. En este día tuvimos la suerte inmensa de compartir la excursión con un grupo de siete españoles de la Península (de diferentes sitios de ella), todos familiares, con los que pasamos un magnífico día. En donde quiera que estén, para ellos, un caluroso saludo de los 'canarios'.
Te deseo un buen día.
Nos cuentan que tiempos ha, en años en que Portugal y España estaban unidas y paseaban juntas por el mundo, un grupo de gallegos pasó a vivir en Madeira en busca de mejor fortuna. Los gallegos provenían de un pequeño pueblo en el que tenían como patrona a Santa Ana, la madre de la Virgen María; y a Santa Ana siguieron invocando favores en sus nuevas tierras insulares y al nuevo pueblo dieron también su nombre. Con el tiempo (por unión de las dos palabras) la localidad pasó a llamarse Santana que así es como la conocemos hoy. Y así es como la conocimos nosotros en nuestro recorrido por la preciosa isla. Está situada Santana en la parte noreste en el lado opuesto a Funchal. Más al norte y más al este quedaría la isla de Porto Santo que conseguimos vislumbrar desde uno de los miradores que encontramos en la gira. Santana viene siendo un pueblecito rural lleno de encanto por la armonía de sus colores y de sus montañas. Pero Santana es algo más por las pintorescas casas que conserva en recuerdo de tiempos pasados. Muy posiblemente ustedes las han visto en alguna lámina o en cualquier folleto que nos invita a visitar Madeira. Son las casas pequeñas, como de enanitos del bosque, con colores vivos que resaltan el color amarillento de la paja de la cubierta. Ésta, la cubierta, es a dos aguas, bien pronunciada, y tiene la particularidad -nos dicen- de que, a pesar de estar hecha solo con paja se mantiene totalmente impermeable. Uno queda en la duda y repregunta y casi que toca el techo buscando algún material que impida que el agua inunde la pequeña habitación en épocas de lluvia. Nos insisten en que no, en que es sólo paja bien trabajada, y que no hay truco, trampa ni cartón.
Por ello los habitantes de Santana y de Madeira toda, las mantienen como un tesoro del pasado y nos la muestran a nosotros, ávidos viajeros de cosas extrañas. Las casitas hoy en día tienen diversas funciones: oficina de información turística, de muestrario de artesanía, de pequeño taller de bordado... En ellas entramos casi, casi, de uno en uno y las admiramos con ternura.
P.S. En este día tuvimos la suerte inmensa de compartir la excursión con un grupo de siete españoles de la Península (de diferentes sitios de ella), todos familiares, con los que pasamos un magnífico día. En donde quiera que estén, para ellos, un caluroso saludo de los 'canarios'.
Te deseo un buen día.
martes, 9 de octubre de 2012
Teleféricos en Madeira
Hola a todos.
Madeira tiene dos teleféricos. Uno sube y otro baja. Bueno, no exactamente. Los dos cumplen con sus obligaciones de subir y bajar. Mas el primero sube desde casi la orilla del mar, junto al puerto en la zona de Porto Velho, hasta Monte, y el segundo baja desde Monte hasta el Jardín Botánico. Uno y otro cumplen en sus recorridos con sus obligaciones. No sólo nos acercan adonde queremos ir sino que nos muestran desde arriba (desde el aire) las cosas bonitas que vamos dejando atrás, abajo. Con el primero podemos ir viendo las casas blancas de Funchal con sus tejados rojos y alguna que otra azotea convertida en terraza con mesa y sillas para sentarse al calor de una conversación; con el segundo vemos el cauce de un barranco empinado de poco trayecto, estrecho y profundo, con espléndida vegetación.
Es de agradecer que Madeira cuente con estos dos teleféricos, porque ellos dan mayor contenido al viaje del ávido viajero que desea ver cosas y penetrar en ellas. Cosas muy lindas, insisto, como es el caso del Jardín Botánico en el que podemos admirar árboles y plantas por doquier, y que además cuenta, en su mansión principal, con una exposición permanente de los más variopintos objetos encontrados en la isla y en la cercana Porto Santo, tanto de la tierra como del mar: fósiles, conchas, piedras, peces disecados, lobos marinos...
A Monte, barrio de Funchal -que no pueblo- merece la pena subir. Tiene una iglesia digna de ser visitada y tiene los "carritos de mimbre". En estos carritos bajaban los habitantes de estas alturas cuantas cosas fueran necesarias de bajar a la capital salvando el enorme desnivel; luego subían a lomos de cabalgaduras o a hombros los tales carros vacíos otra vez hasta Monte. (También contaban con un tranvía, pero ello es otra historia). Hoy en día a quienes bajan es a los turistas que, dejando el miedo a un lado, se atreven a gozar de la experiencia: Son dos kilómetros de cuesta empinada subidos en un cómodo carromato guiados y conducidos por dos hombres -de blanco y sombrero de paja- que los sostienen con maña, cada uno con una cuerda. La adrenalina está servida. Si vienes a Madeira no te pierdas este achuchón.
Te deseo un buen día.
Madeira tiene dos teleféricos. Uno sube y otro baja. Bueno, no exactamente. Los dos cumplen con sus obligaciones de subir y bajar. Mas el primero sube desde casi la orilla del mar, junto al puerto en la zona de Porto Velho, hasta Monte, y el segundo baja desde Monte hasta el Jardín Botánico. Uno y otro cumplen en sus recorridos con sus obligaciones. No sólo nos acercan adonde queremos ir sino que nos muestran desde arriba (desde el aire) las cosas bonitas que vamos dejando atrás, abajo. Con el primero podemos ir viendo las casas blancas de Funchal con sus tejados rojos y alguna que otra azotea convertida en terraza con mesa y sillas para sentarse al calor de una conversación; con el segundo vemos el cauce de un barranco empinado de poco trayecto, estrecho y profundo, con espléndida vegetación.
Es de agradecer que Madeira cuente con estos dos teleféricos, porque ellos dan mayor contenido al viaje del ávido viajero que desea ver cosas y penetrar en ellas. Cosas muy lindas, insisto, como es el caso del Jardín Botánico en el que podemos admirar árboles y plantas por doquier, y que además cuenta, en su mansión principal, con una exposición permanente de los más variopintos objetos encontrados en la isla y en la cercana Porto Santo, tanto de la tierra como del mar: fósiles, conchas, piedras, peces disecados, lobos marinos...
A Monte, barrio de Funchal -que no pueblo- merece la pena subir. Tiene una iglesia digna de ser visitada y tiene los "carritos de mimbre". En estos carritos bajaban los habitantes de estas alturas cuantas cosas fueran necesarias de bajar a la capital salvando el enorme desnivel; luego subían a lomos de cabalgaduras o a hombros los tales carros vacíos otra vez hasta Monte. (También contaban con un tranvía, pero ello es otra historia). Hoy en día a quienes bajan es a los turistas que, dejando el miedo a un lado, se atreven a gozar de la experiencia: Son dos kilómetros de cuesta empinada subidos en un cómodo carromato guiados y conducidos por dos hombres -de blanco y sombrero de paja- que los sostienen con maña, cada uno con una cuerda. La adrenalina está servida. Si vienes a Madeira no te pierdas este achuchón.
Te deseo un buen día.
lunes, 8 de octubre de 2012
Los mosquitos de Madeira
Hola a todos.
Doy por cierto que los mosquitos de Madeira me quieren. Que se enamoraron de mis piernas, hercúleas, rollizas y bronceadas. Que me hicieron caricias en ellas y que me besaron con ardor. Aún lo recuerdo. A ello me lleva el picor que me dejaron de pantorrillas para abajo con decenas de rojas mordeduras. Seguramente vieron en mí, los mosquitos, al hombre de sus vidas.
Estuvimos en Madeira y vine encantado a pesar de ello. Es Madeira isla bonita y de encantadoras gentes a la que conviene visitar de tanto en tanto. No es grande y es montuosa. De lindos montes en donde la vegetación está por todas partes rodeando a las casas blancas de tejados rojos. Está rodeada por el Atlántico que en los días en que estuvimos ofrecía una mansedumbre total. No es así siempre, me dijeron, sino que a veces, cuando el océano se encrespa saltan en sus orillas fuertes olas de varios metros. De hasta siete. Olas fuertes y bravas que se cuelan por la desembocadura de los barrancos queriendo visitar ellas, también, las altas montañas cubiertas por las nubes blancas de los alisios.
Funchal, la capital, es una ciudad encantadora. Es grande y en ella tienen cobijo más de la mitad de los habitantes de Madeira y casi todos los turistas, numerosos siempre, que visitan la isla. Sosegada y limpia. Cuenta con un único muelle (que podríamos decir que es pequeño) y en el que, a pesar de su pequeñez atracan los grandes cruceros con viajeros ávidos de ver la belleza de las flores que encontramos en parques y calles por donde quiera que vamos. La parte antigua en la que una coqueta catedral sirve de centro, alberga los edificios emblemáticos entre los que no conviene perderse el mercado de los labradores, bullicioso y activo, en el que deambular entre puestos de frutas y vegetales y hierbas, y otras tantas cosas.
Es muy linda la isla, pese a los mosquitos. La próxima vez que la visite llevaré, contra éstos, un buen repelente. Ojalá que sea pronto y que los mosquitos no se enteren de mi presencia.
Te deseo un buen día.
Doy por cierto que los mosquitos de Madeira me quieren. Que se enamoraron de mis piernas, hercúleas, rollizas y bronceadas. Que me hicieron caricias en ellas y que me besaron con ardor. Aún lo recuerdo. A ello me lleva el picor que me dejaron de pantorrillas para abajo con decenas de rojas mordeduras. Seguramente vieron en mí, los mosquitos, al hombre de sus vidas.
Estuvimos en Madeira y vine encantado a pesar de ello. Es Madeira isla bonita y de encantadoras gentes a la que conviene visitar de tanto en tanto. No es grande y es montuosa. De lindos montes en donde la vegetación está por todas partes rodeando a las casas blancas de tejados rojos. Está rodeada por el Atlántico que en los días en que estuvimos ofrecía una mansedumbre total. No es así siempre, me dijeron, sino que a veces, cuando el océano se encrespa saltan en sus orillas fuertes olas de varios metros. De hasta siete. Olas fuertes y bravas que se cuelan por la desembocadura de los barrancos queriendo visitar ellas, también, las altas montañas cubiertas por las nubes blancas de los alisios.
Funchal, la capital, es una ciudad encantadora. Es grande y en ella tienen cobijo más de la mitad de los habitantes de Madeira y casi todos los turistas, numerosos siempre, que visitan la isla. Sosegada y limpia. Cuenta con un único muelle (que podríamos decir que es pequeño) y en el que, a pesar de su pequeñez atracan los grandes cruceros con viajeros ávidos de ver la belleza de las flores que encontramos en parques y calles por donde quiera que vamos. La parte antigua en la que una coqueta catedral sirve de centro, alberga los edificios emblemáticos entre los que no conviene perderse el mercado de los labradores, bullicioso y activo, en el que deambular entre puestos de frutas y vegetales y hierbas, y otras tantas cosas.
Es muy linda la isla, pese a los mosquitos. La próxima vez que la visite llevaré, contra éstos, un buen repelente. Ojalá que sea pronto y que los mosquitos no se enteren de mi presencia.
Te deseo un buen día.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
El "Canarias"
El Excmo. Ayuntamiento de Las Palmas
al Crucero Canarias
en memoria permanente y agradecida
por el símbolo glorioso de su nombre.
Las Palmas de Gran Canaria Julio de 1975
Hola a todos.
Para contrarrestar el calor de estos días estoy leyendo un libro la mar de interesante. Y digo la mar, porque el personaje principal del libro es un hijo de la mar y en la mar estuvo toda su vida. Lleva por título Historia y estela del Crucero Canarias, lo que no es poco, y un subtítulo que añade interés a su lectura: "Rememoración gráfica y literaria del buque de guerra español más representativo del siglo XX". Ahí es nada.
Nació el "Canarias" para marino y para guerrero. Su construcción comenzó en la primavera de 1928 y para el segundo semestre de 1936 estaba prevista su entrada en servicio. El inicio de la guerra fratricida, nuestra Guerra Civil, provocó que se procediera a hacer esfuerzos extraordinarios para ponerlo a punto. Y en septiembre, a los pocos meses del estallido del levantamiento militar, los 'nacionales' habían podido poner a punto el "Canarias" para que entrara en combate. Que fueran los 'nacionales' y no los 'republicanos' quienes se hicieran con este crucero y con su gemelo el "Baleares" se debió a que El Ferrol, en cuyas factorías navales se construyeron, había caído en manos de los primeros.
Pues bien, el "Canarias" entró en guerra cuando aún no le habían salido los dientes, o sea cuando aún tenía muchas carencias en personal y en la artillería. El "Canarias" y el "Almirante Cervera" iban por fin a "hacer la guerra". La primera víctima de nuestro crucero fue el "Almirante Ferrándiz" en aguas del Estrecho. Y después de ésta fueron otras muchas las víctimas en tonelajes y en hombres...
Dice el autor del libro, José Mª Barceló-Fortuny, que a estas alturas de la Historia, ha pasado ya bastante tiempo como para poder hablar de los hechos de guerra (y de las atrocidades digo yo) que tuvieron lugar por parte de unos y de otros. Así que no podemos escandalizarnos al saber que el "Canarias" no solo peleó contra otros buques de guerra sino que bombardeó, de forma implacable y certera, contra poblaciones y puertos del Mediterráneo desde Andalucía hasta Cataluña: Málaga, Alicante (depósitos de CAMPSA), la factoría Elizande en Barcelona, Cullera, Palamós, San Feliú de Guixols, El Grao y los altos hornos de Sagunto... supieron de sus andanadas.
Localicé el libro para su lectura después de ver en el Arsenal de Canarias, en Las Palmas, un cañón (posiblemente fueran los dos) que para el recuerdo tienen allí del Crucero. Y leer la leyenda grabada en piedra que está colocada al pie del cañón de una sola boca, que encabeza esta entrada.
Por el libro me enteré de las andanzas de nuestro buque finalizada la fratricida guerra. Como caballero andante estuvo en cuanto sitio fue necesaria su presencia siendo durante mucho tiempo el barco insignia de la Flota Española, hasta que otro barco más moderno, el Dédalos, le arrebató tal honroso cometido. Estuvo en muchos sitios y no pudo faltar a su cita con el archipiélago cuyo nombre ostentaba. Y en Gibralta y en Villa Cisneros y en Guinea diciendo "aquí estoy yo" como si del primo Zumosol se tratara. Después de esto, y de participar en maniobras y batallas navales, el fin. Leemos:
"Cuando en 1973 se hizo pública a través de los medios de comunicación la decisión del Estado Mayor de la Armada de dar de baja al "Canarias", se inició de hecho toda una "guerra". Sería no la guerra del "Canarias", sino la guerra por el "Canarias".
En diciembre de 1974, el comandante general de la Flota iba a arriar su insignia en el "Canarias" para pasar a izarla al "Dédalos". En julio de 1975 una Orden ministerial fijaba el día 30 de noviembre de aquel año para la baja del "Canarias" en la Lista Oficial de Buques de la Armada. Y en tal mes y año moría el General Franco. Luego vendría el desguace.
El "Baleares" tuvo menos suerte. "Tomó aguas" unos meses más tarde que su gemelo el "Canarias" y fue hundido en la madrugada del 6 de marzo de 1938 en el llamado "combate de Cabo de Palos".
Te deseo un buen día.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
¡Ánimo, bichillo!
Hola a todos.
Ayer amaneció con calor. A primera hora no se sabía si iba a ser un día despejado o uno de esos días nublados en que cada hijo de vecino suda la gota boba y gorda. Pasadas unas pocas horas teníamos la respuesta pues el sol lucía en el cielo como el gran señor que es, enviándonos sus rayos implacables, de esos que rajan las piedras. No estaba el día para nada importante. Salvo que consideremos importante -que lo es- el ir a la playa a tumbarse bajo una palmera y tomar un refresco de frutas tropicales.
Por ello me dio grima tener que ir a la Universidad para formalizar la matrícula. Habían pasado como un volador los días estivales de vacaciones, con tan solo una clases agradables en el recuerdo. Y casi sin darnos cuenta, como de improviso (como de tapadillo) ya se acercan otra vez, a paso de gigante, los días lectivos. He de reconocer que me cogen flojo. Con esa flojera intelectual de tan solo mirar y remirar la pantalla del ordenador buscando los e-mails interesantes, los comentarios en facebook ingeniosos y divertidos, las noticias que cansan y terminan por dar sarpullidos sobre políticos y mercados, y las siempre bienvenidas entradas en los blogs de los colegas-blogueros amigos.
Me van a coger flojo las clases, repito. Influye en ello -según mi teoría- el hecho de que he tenido que buscar un cinturón más largo para que dentro de su diámetro queda mi barriga. Cosas de las frutas de verano, supongo. Y de algunas que otras 'birras' de cerveza Tropical. Fui por todo ello a hacer la matrícula con paso cansino. Subía andando la larga calle que nos lleva a las oficinas administrativas de la ULPGC y el diablo me llevaba consigo.
Gracias sean dadas a los hados pues en el vestíbulo de las oficinas encontré el antídoto para la estúpida enfermedad de mi espíritu. En ella me encontré -benditos sean- compañeras y compañeros de fatiga de Peritia y de Estudios Canarios. Compañeros y compañeras de ir codo con codo en estos últimos cuatro años en pos de una ilusión. Todos ellos me dijeron, sin palabras, para darme los ánimos que necesitaba aquello que yo esperaba oír: ¡Ánimo, bichillo, tú puedes, seguimos juntos!
En el regreso hacia la guagua para ir a casa, mi caminar ya era otro: mis pies no llevaban a un mayor: daban alas a un chiquillo.
Te deseo un buen día.
Ayer amaneció con calor. A primera hora no se sabía si iba a ser un día despejado o uno de esos días nublados en que cada hijo de vecino suda la gota boba y gorda. Pasadas unas pocas horas teníamos la respuesta pues el sol lucía en el cielo como el gran señor que es, enviándonos sus rayos implacables, de esos que rajan las piedras. No estaba el día para nada importante. Salvo que consideremos importante -que lo es- el ir a la playa a tumbarse bajo una palmera y tomar un refresco de frutas tropicales.
Por ello me dio grima tener que ir a la Universidad para formalizar la matrícula. Habían pasado como un volador los días estivales de vacaciones, con tan solo una clases agradables en el recuerdo. Y casi sin darnos cuenta, como de improviso (como de tapadillo) ya se acercan otra vez, a paso de gigante, los días lectivos. He de reconocer que me cogen flojo. Con esa flojera intelectual de tan solo mirar y remirar la pantalla del ordenador buscando los e-mails interesantes, los comentarios en facebook ingeniosos y divertidos, las noticias que cansan y terminan por dar sarpullidos sobre políticos y mercados, y las siempre bienvenidas entradas en los blogs de los colegas-blogueros amigos.
Me van a coger flojo las clases, repito. Influye en ello -según mi teoría- el hecho de que he tenido que buscar un cinturón más largo para que dentro de su diámetro queda mi barriga. Cosas de las frutas de verano, supongo. Y de algunas que otras 'birras' de cerveza Tropical. Fui por todo ello a hacer la matrícula con paso cansino. Subía andando la larga calle que nos lleva a las oficinas administrativas de la ULPGC y el diablo me llevaba consigo.
Gracias sean dadas a los hados pues en el vestíbulo de las oficinas encontré el antídoto para la estúpida enfermedad de mi espíritu. En ella me encontré -benditos sean- compañeras y compañeros de fatiga de Peritia y de Estudios Canarios. Compañeros y compañeras de ir codo con codo en estos últimos cuatro años en pos de una ilusión. Todos ellos me dijeron, sin palabras, para darme los ánimos que necesitaba aquello que yo esperaba oír: ¡Ánimo, bichillo, tú puedes, seguimos juntos!
En el regreso hacia la guagua para ir a casa, mi caminar ya era otro: mis pies no llevaban a un mayor: daban alas a un chiquillo.
Te deseo un buen día.
lunes, 10 de septiembre de 2012
La Fragata
Hola a todos.
Hemos tenido durante dos días amarrado al muelle de la Base Naval de Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria, a la Fragata "Libertad" de la República Argentina. Como quiera que tuvieron la gentileza de permitirnos la visita a bordo (aunque solo fuera en cubierta por tanta gente que subió) no quise perderme la ocasión de admirar este precioso barco bien de cerca. Es una bonita fragata que une a su vistosidad la galanura de su nombre, y yo me entretuve en ver aquellas cosas que me llamaban la atención: las cuerdas enrolladas, la campana, la escalera pequeña y estrecha, la borda... Todas aquellas cosas que en cientos de lecturas de aventuras, de marinos y de piratas, me fueron llenando la cabeza de nombres sonoros, volvieron a mí: la cangreja y la cofia, el bauprés y el trinquete, el foque y el juanete... He de confesar que no soy capaz de distinguir babor de estribor aunque, para mi consuelo, sí sé lo que es proa y popa. ¡Hasta aquí si llego! Por ello fue una suerte poder leer en dos de los tres palos de la fragata a los que me acerqué sus nombres y características. De los nombres me acuerdo y de las características no, aunque estaban bien señaladas; su grosor, altura, velamen, etc. Fue por mi mala memoria y por no tomar nota de ello. Los palos eran: palo mesana y palo trinquete. El tercero, ya sabemos, es el palo mayor.
Aproveché para tomar unas fotografías conque acompañar esta entrada.
Y no contento con ellas, quise tomar otras, esta mañana, en su despedida del Puerto de la Luz y de Las Palmas.
A ellos, mandos y marinería, les deseo un buen y fructífero viaje; a ti, como siempre, te deseo un buen día.
Hemos tenido durante dos días amarrado al muelle de la Base Naval de Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria, a la Fragata "Libertad" de la República Argentina. Como quiera que tuvieron la gentileza de permitirnos la visita a bordo (aunque solo fuera en cubierta por tanta gente que subió) no quise perderme la ocasión de admirar este precioso barco bien de cerca. Es una bonita fragata que une a su vistosidad la galanura de su nombre, y yo me entretuve en ver aquellas cosas que me llamaban la atención: las cuerdas enrolladas, la campana, la escalera pequeña y estrecha, la borda... Todas aquellas cosas que en cientos de lecturas de aventuras, de marinos y de piratas, me fueron llenando la cabeza de nombres sonoros, volvieron a mí: la cangreja y la cofia, el bauprés y el trinquete, el foque y el juanete... He de confesar que no soy capaz de distinguir babor de estribor aunque, para mi consuelo, sí sé lo que es proa y popa. ¡Hasta aquí si llego! Por ello fue una suerte poder leer en dos de los tres palos de la fragata a los que me acerqué sus nombres y características. De los nombres me acuerdo y de las características no, aunque estaban bien señaladas; su grosor, altura, velamen, etc. Fue por mi mala memoria y por no tomar nota de ello. Los palos eran: palo mesana y palo trinquete. El tercero, ya sabemos, es el palo mayor.
Aproveché para tomar unas fotografías conque acompañar esta entrada.
Y no contento con ellas, quise tomar otras, esta mañana, en su despedida del Puerto de la Luz y de Las Palmas.
A ellos, mandos y marinería, les deseo un buen y fructífero viaje; a ti, como siempre, te deseo un buen día.
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