jueves, 24 de abril de 2008

Cantabria 1 - Nacimiento del Ebro

Hola a todos. Goyo me dice que estuvo lloviendo en la madrugada. Nos habían pronosticado para hoy un día de lluvia y viento y sin embargo amanece bueno. Desde el hotel vemos las montañas nevadas haciendo corona al verde de los prados, y encontramos al rosal a punto de florecer y a las flores de pensamiento, a los topetes, y a las margaritas, junto a recepción, preciosas con el agua caída sobre sus pétalos. Goyo cuida de nosotros en la noche. Es hombre recio y campechano acostumbrado al frío de esta zona; va siempre en mangas de camisa de color blanco mientras nosotros nos abrigamos y además de su trabajo en el hotel cuida de sus nueve vacas bravas que antes eran varias más; me dice que está acostumbrado al trabajo nocturno porque fue panadero. Me llama en las mañanas una hora antes que al resto del grupo y me prepara en el bar un cortado que despierta al más dormido y un café sólo largo que llevo a la habitación para Loli.

Susana es nuestra guía. Saluda a todos al subir a la guagua y antes en el comedor a los que va viendo. Nos indica el itinerario nombrando pueblos que vamos a encontrar en ruta y costumbres y hechos de los habitantes de la zona a visitar. Hoy pasaremos por las tres villas pasiegas: Vega de Pas, San Pedro del Romeral y San Roque del río Miera teniendo en todo el recorrido al río Pas como acompañante por un paisaje donde todos los tonos de verde nos embelesan. Quienes viven en estas villas pasiegas son hombres y mujeres que siguen como sus mayores cuidando de la ganadería pasando de cabaña en cabaña hasta treinta veces en el año en una continua trashumancia; tienen, nos dice Susana, cinco estaciones -una más que las cuatro nuestras- y en las cabañas (vividora llaman a la que viven) no tienen agua corriente ni luz eléctrica. Llaman chon al cerdo, campano al cencerro, escarpines a los calcetines y cuévanos a las mochilas. Y muy importante, sus hijos van a la escuela siendo recogidos por la guagua para que no pierdan la escolarización. En Vega de Pas compramos la rica quesada, y mientras, un rebaño de ovejas pasa por el centro del pueblo y se pierde carretera arriba.







En Fontibre nace El Ebro. Al ver el agua saliendo de debajo de la roca me llena la emoción por ver cumplido uno de mis deseos. Debemos mojarnos en él para cumplir con la tradición y vamos acercándonos a una pequeña estatua de la Pilarica colocada por un grupo de montañeros aragoneses, con peligro de caernos y darnos un chapuzón. El río recorre 920 kilómetros desde aquí hasta su desembocadura en el Mediterráneo y pasa antes por la Basílica del Pilar. Una ligera lluvia nos acaricia mientras acompañamos al río en sus primeros tramos y voy pensando en lo que dejó escrito José María de Pereda en su libro Peñas Arribas: "...en el centro de un reducido anfiteatro de cerros pelados en sus cimas se veían surgir reborbollando los copiosos manantiales del famoso río que, después de formar breve remanso como para orientarse en el terreno y adquirir alientos entre los taludes de su propia cuna, escapa de allí, a todo correr, a escondidas de la luz siempre que puede..." o voy recitando uno de los dos poemas que están escritos justo aquí en el nacimiento del río, éste de José del Río Saiz que titula Padre Ebro:



¿Por qué bajas con tal prisa
manso arroyo de Fontibre
de la cumbre montañesa
a los llanos y al mar libre?


¿Por qué tus ondas veloces
huyen de la cordillera
por los tajos y las hoces
hacia la rica ribera?


y el arroyo que se esconde
cuando nace, tembloroso,
a las preguntas responde
con un suspiro amoroso.
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"Sé que una niña morena
se está muriendo de sed
y voy a Aragón a verla
para darle de beber".
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Antes del paseo habíamos almorzado en el restaurante Cantur (turismo cántabro) que está aquí mismito. Nos habían servido cocido montañés y carne estofada; el cocido con abundantes judías blancas y trozos de carne y de chorizos sabía a gloria y estaba más que indicado para combatir el frío; la carne estofada o sancarrón con patatas, que me dicen, estaba igualmente deliciosa, y todo ello con un vino intenso, amplio y equilibrado y color rojo cereza y aromas a frutas (que decía la etiqueta), nos dejaron a punto para saborear el momento. Y mucho antes habíamos pasado por Puente Viesgo en cuyo balneario se concentran las selecciones españolas de fútbol y balonmano, por Reinosa donde visitamos su iglesia y compramos recuerdos, por el Puerto del Escudo a 1011 metros de altitud, por el pantano del Ebro al que llaman mar interior con veinte kilómetros de largo y cuatro de ancho en algunos sitios, y vemos vacas y caballos y la nieve del Alto Campoo juntito a nosotros...


Te deseo un buen día.




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