martes, 11 de diciembre de 2007

Como un padre, un caballero


Hola a todos. Después de pasar interno desde los 6 a los 12 años en los Salesianos pasé siendo un niño a trabajar. Mi primer empleo me lo consiguieron en la tienda de ultramarinos que en la calle General Bravo tenía don Antonio Cruz Mayor, y en ella estuve de los 12 a los 14 años. Era una tienda a la antigua usanza con un mostrador que mantenía separados a clientes y expendedores. Posteriormente tras un viaje a Estados Unidos invitado con la Cámara de Comercio, don Antonio vino con la idea de convertir a su tienda en un supermercado. Esto que digo de memoria puede tener alguna inexactitud pero creo es lo cierto. Recuerdo a algunos de los compañeros que tenía en aquel entonces: señores Ramos y Cristobal, Manolo (algo mayor que yo e igualmente repartidor a domicilio que era mi trabajo), y otro señor más del que no recuerdo su nombre pero sí su porte y cara y al que sería capaz de reconocer aún hoy. Quizá porque este último me mimaba un poco más y con frecuencia dejaba pegado unos trozos de carne al hueso al deshuesar el jamón serrano que para mí eran un manjar.

No era sólo el poco de jamón lo que comía a escondidas. Recuerdo, travesuras de niño, cuando bajaba por la calle Arenas con la cesta al hombro con frutas y yo tan tranquilo iba cogiendo y comiendo de éstas sin pensar en el mal que hacía; hasta que mirando a una casa veo en el balcón mirándome a la señora a la que iba a llevar la compra. Algo parecido cuando desde la tienda iba al comienzo de la calle Tomás Morales (cerrada por un muro al lado mismo del antiguo cine Capitol que separaba las casas de las plataneras que hasta aquí llegaban), y por el camino tan tranquilo tomando las frutas que tanto me gustaban. Ya digo travesura, inocencia, ¿quién sabe? Son muchos los recuerdos que guardo de estos dos años que me sirvieron para conocer, pateándola, toda la zona de Triana, Vegueta, el Toril, el Pambaso, y algún encargo a la zona de Fincas Unidas (a recoger yogurt de los primeros que se hacían de forma artesanal en Las Palmas) y a Ciudad Jardín en la "rubia", furgoneta que usabamos para repartir junto con Manolo compras y cestas de navidad.

No terminaron mis pequeños hurtos en el jamón y las frutas. Cuando llegaba la época de lluvias llevaba a la cabeza para resguardarme un saco blanco de azúcar al que le haciamos una caperuza para la cabeza. Yo alguna vez me dejaba 'olvidado' el saco en casa donde pasabamos algunos apuros para taparnos, y ello llegó a oídos del dueño de la tienda. Don Antonio, a quien siempre he dado mil gracias desde el fondo del corazón, en lugar de ponerme de patitas en la calle me hizo ir a lo que era su pequeña oficina, y junto al administrativo me hizo ver mi mala acción, quizo que firmara un papel que estoy seguro rompió al segundo siguiente de yo marcharme, con una sonrisa, dejándome salir airoso sin mayores consecuencias. Recuerdo además el trato humano tanto de este Caballero, con mayúsculas, de su señora -creo su nombre era doña Manuela Prendes- y de sus hijos Antonio, Joaquín y Julio que me prestaron los primeros comics y cuentos que yo he leído. Ah, sin olvidarme del precioso perro que tenían en la azotea que luego, me da la impresión, formó parte del logotipo de su cadena de supermercados Cruz Mayor.
Foto tomada de http://www.fotosantiguascanarias.org/
Te deseo un buen día.

2 comentarios:

vanitaperal dijo...

Estas historias parecen sacadas de leyendas, simpáticas vivencias que nos enseñan lo diferente del mundo que nos toca vivir a las generaciones posteriores.

No dejaría de ser buen titulo algo así como... Porque es de bien nacido el ser agradecido.

Magenta Blue dijo...

Felicitaciones por el blogger, muy interesante los relatos y en especial aquellos que nos traen los recuerdos de la ciudad de antes...